Ansiedad: por qué a veces intentar controlarla la empeora
Estela Adamuz
4 min read
Ansiedad: por qué a veces intentar controlarla la empeora
Cuando aparece la ansiedad, lo más natural es querer que desaparezca. Intentamos distraernos, respirar para calmarnos, dejar de pensar, evitar aquello que nos pone nerviosos o decirnos: “Tengo que tranquilizarme.” Y a veces funciona.
El problema aparece cuando empezamos a dedicar tanta energía a controlar la ansiedad que terminamos todavía más pendientes de ella. Imagina que notas que el corazón va más rápido y piensas: “Otra vez no. Tengo que calmarme.” Entonces empiezas a comprobar tu respiración, tu pulso, tus pensamientos… ¿Estoy mejor? ¿Sigue ahí? ¿Y si va a más? Sin darte cuenta, tu atención queda completamente centrada en la ansiedad.
La ansiedad forma parte de nuestro sistema de alarma. Nos prepara para responder ante situaciones que interpretamos como una amenaza. El problema aparece cuando empezamos a interpretar la propia ansiedad como algo peligroso. Entonces puede formarse un círculo: siento ansiedad, me preocupa sentirla, intento eliminarla, vigilo si desaparece y termino notándola todavía más.
También es frecuente intentar protegernos evitando aquello que nos genera malestar. Si me pone nervioso conducir por autopista, dejo de hacerlo. Si una reunión me produce ansiedad, intento no ir. Si temo ponerme nervioso delante de otras personas, empiezo a rechazar determinados planes. A corto plazo sentimos alivio, pero nuestro cerebro también puede aprender: “Menos mal que lo evitamos. Si hubiéramos ido, quizá habría pasado algo.”
Cuando la evitación se convierte en nuestra principal forma de afrontar la ansiedad, puede ocurrir que esta vaya ganando cada vez más espacio. Lo que al principio era una situación concreta empieza poco a poco a condicionar decisiones, planes o rutinas.
Entonces, ¿qué hacemos con la ansiedad? No se trata de ignorarla ni de resignarnos a sentirnos mal. Se trata de ir cambiando nuestra relación con ella. En lugar de pensar “necesito que desaparezca para poder hacer esto”, podemos empezar a practicar algo diferente: “Preferiría no sentir ansiedad, pero puedo hacer esto aunque esté aquí.”
A veces avanzar no significa conseguir que la ansiedad desaparezca. Significa poder sentir cierta incomodidad sin dejar que decida por nosotros.
En terapia podemos aprender a reconocer qué situaciones activan nuestra ansiedad, qué hacemos cuando aparece y qué cosas hemos ido dejando de hacer por miedo a sentirla. El objetivo no siempre será conseguir una vida completamente libre de ansiedad, sino algo quizá más realista y también más valioso: construir una vida en la que la ansiedad pueda aparecer sin ocupar todo el espacio.
Porque sentir ansiedad no significa que estés retrocediendo. A veces el verdadero cambio es poder decir:
“La ansiedad ha venido conmigo, pero esta vez no ha decidido el camino.”
Ansiedad: por qué a veces intentar controlarla la empeora
Cuando aparece la ansiedad, lo más natural es querer que desaparezca. Intentamos distraernos, respirar para calmarnos, dejar de pensar, evitar aquello que nos pone nerviosos o decirnos: “Tengo que tranquilizarme.” Y a veces funciona.
El problema aparece cuando empezamos a dedicar tanta energía a controlar la ansiedad que terminamos todavía más pendientes de ella. Imagina que notas que el corazón va más rápido y piensas: “Otra vez no. Tengo que calmarme.” Entonces empiezas a comprobar tu respiración, tu pulso, tus pensamientos… ¿Estoy mejor? ¿Sigue ahí? ¿Y si va a más? Sin darte cuenta, tu atención queda completamente centrada en la ansiedad.
La ansiedad forma parte de nuestro sistema de alarma. Nos prepara para responder ante situaciones que interpretamos como una amenaza. El problema aparece cuando empezamos a interpretar la propia ansiedad como algo peligroso. Entonces puede formarse un círculo: siento ansiedad, me preocupa sentirla, intento eliminarla, vigilo si desaparece y termino notándola todavía más.
También es frecuente intentar protegernos evitando aquello que nos genera malestar. Si me pone nervioso conducir por autopista, dejo de hacerlo. Si una reunión me produce ansiedad, intento no ir. Si temo ponerme nervioso delante de otras personas, empiezo a rechazar determinados planes. A corto plazo sentimos alivio, pero nuestro cerebro también puede aprender: “Menos mal que lo evitamos. Si hubiéramos ido, quizá habría pasado algo.”
Cuando la evitación se convierte en nuestra principal forma de afrontar la ansiedad, puede ocurrir que esta vaya ganando cada vez más espacio. Lo que al principio era una situación concreta empieza poco a poco a condicionar decisiones, planes o rutinas.
Entonces, ¿qué hacemos con la ansiedad? No se trata de ignorarla ni de resignarnos a sentirnos mal. Se trata de ir cambiando nuestra relación con ella. En lugar de pensar “necesito que desaparezca para poder hacer esto”, podemos empezar a practicar algo diferente: “Preferiría no sentir ansiedad, pero puedo hacer esto aunque esté aquí.”
A veces avanzar no significa conseguir que la ansiedad desaparezca. Significa poder sentir cierta incomodidad sin dejar que decida por nosotros.
En terapia podemos aprender a reconocer qué situaciones activan nuestra ansiedad, qué hacemos cuando aparece y qué cosas hemos ido dejando de hacer por miedo a sentirla. El objetivo no siempre será conseguir una vida completamente libre de ansiedad, sino algo quizá más realista y también más valioso: construir una vida en la que la ansiedad pueda aparecer sin ocupar todo el espacio.
Porque sentir ansiedad no significa que estés retrocediendo. A veces el verdadero cambio es poder decir:
“La ansiedad ha venido conmigo, pero esta vez no ha decidido el camino.”
